(Sobre cómo una revista y un manifiesto cambiaron el rumbo de la poesía)
En el año 1935 Manuel Altolaguirre vivía en Madrid, en el número 73 de la calle Viriato, donde había instalado una moderna imprenta importada de Inglaterra. Allí quiso emprender un nuevo proyecto editorial, su sexta revista, y para ello buscó la colaboración de Pablo Neruda. El poeta chileno cuenta este episodio en su autobiografía:
“El poeta Manuel Altolaguirre, que tenía una imprenta y vocación de imprentero, llegó un día por mi casa y me contó que iba a publicar una hermosa revista de poesía, con la representación de lo más alto y lo mejor de España.
- Hay una sola persona que puede dirigirla – me dijo -. Y esa persona eres tú.”
Y, en efecto, Neruda aceptó la dirección de una revista que titularon Caballo verde para la poesía y de la que se publicaron cuatro números desde octubre de 1935 hasta enero de 1936. En ella empezaron a publicar poetas jóvenes como Miguel Hernández o Leopoldo Panero. El primer número llevaba como prólogo el siguiente texto escrito por Neruda:
Sobre una poesía sin pureza
Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ellos se desprende el contacto con el hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.
La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y de los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando las cosas desde lo interno y lo externo.
Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
Una poesía impura como traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.
La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recurso de un magnífico acto.
Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, "corazón mío" son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.
Pablo Neruda, Madrid, octubre de 1935.
En el año treinta y cinco se llegaba, en cierta manera, a un punto y final en el complicado proceso de búsqueda poética por parte de la joven literatura, nombre con el que también se les conoce a los poetas de la generación del 27.
El manifiesto de Pablo Neruda suponía una respuesta directa a la poesía pura y a toda la macroinfluencia surrealista que captaron los jóvenes poetas españoles de principios de siglo. La poesía pura perseguía la creación de una realidad nueva, no copia. Este movimiento llegaría a España de manos de los simbolistas franceses, con Mallarmé y Válery como maestros. Los poetas españoles adaptaron las nuevas ideas a la tradición hispana, dando como resultado un acercamiento a los clásicos españoles, en concreto a Góngora. El interés de esta estética se resume en sustituir la realidad por un nuevo mundo de metáforas que aludan a esa realidad sin nombrarla.
De Góngora, Lorca destaca que “Amaba la belleza objetiva, la belleza pura e inútil, exenta de congojas comunicables [...]. Sin sentido de la realidad real, pero dueño absoluto de la realidad poética.” ¿No es esto todo lo contrario de lo que Neruda afirma en su manifiesto?, ¿lo contrario de la “atracción no despreciable hacia la realidad del mundo”? No es menos cierto que los jóvenes poetas no abandonaron radicalmente una postura por la contraria, sino que fue a través de un largo proceso en el que influyeron tanto la veta del neopopularismo como surrealismo, entre otras, que llegaron hasta el magisterio de Neruda.
La prueba del nuevo aire artístico fue el recibimiento que el propio Lorca le brindó al poeta chileno al esperarle en la estación con un ramo de flores. Eran ya otros tiempos para la poesía.
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